domingo, 3 de octubre de 2010

Simbiosis paralelas

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Pasan tantas cosas, una tras otra y de modo tan intenso. Que no alcanza una madrugada para asimilar otra vida. Una distinta.
Cuando escribo pretendo exorcizar del mundo las venas, el aire, y la vida, recuperando un poco de lo mucho que se pierde cada día, ir guardando las memorias que podría olvidar si se van por el río del tiempo.
Digo esto para no decir que hace rato que el tiempo me hace a su manera. Por lo pronto me tiene una parte del futuro agarrada del misterio. Otra, por el esfuerzo de responder preguntas para las que no debería tener respuestas. Y otra por la nostalgia.

Punto y aparte: Era septiembre. Nació creciente la Luna y cada quien estaba en su vida buscando sospechas de otras vidas en su propio eje. Y, de repente: ¡se fue la luz! Para prender la chispa. Todo pasó por nuestras utópicas quimeras. Prisioneros de nuestras historias, y de sus palabras, como de las luciérnagas vamos viviendo horas hablando. Conociendo. Suponiendo. Asimilando. Descubriendo. Y no enmendamos el mundo, pero la parte que habitamos, se ilumina con la oscuridad de las caricias sonrientes de silencio.

Punto y seguido: Escucho tu vida poco a poco mientras intento descifrar la mía. Conozco. Y reconozco. Quito el candado que encierra y oprime la sincera honestidad de mis verdades. Las que no se dicen.
Quién sabe si el mundo tiene remedio, pero para remediar nuestra vida tenemos que mantener con nosotros la certeza de que sí existe una salida. La certeza de quien cada día es capaz de recobrar el valor y llevarlo a donde sea necesario. Dispuestos y puestos en hacer el bien, en recuperar lo que se desmorona, en mantener a salvo lo que parece que no tiene remedio y rescatar lo que no estuvo a salvo. Y vale la pena y la existencia lograrlo. Y no es fácil, pero reanima.

La prudencia es un don que admiro un poco más que cualquier otro. La imprudencia me avergüenza en los demás. Cuando la imprudente soy yo, quisiera desaparecer de tristeza. Toda la tarde he tenido ganas de borrarme. Pero aquí estoy.

No hay temor que se alivie, que encuentre consuelo, que reciba ayuda, sin devolver a cambio algo trascendental.


¿De dónde saqué que hablando del pasado se enmendaba la tristeza? No lo sé. Seguramente del mismo sitio en que me salen ahora las ganas de quedarme callada días y días. De preferencia frente al mar. Para zambullirme. Descansando, de una vez por todas, del futuro y sus horas inciertas. Pero la nostalgia cansa. Quizás por eso es que intuyo que duermo temiéndole al futuro, con ganas de estar muda. Al menos un ratito, callada, frente al mar.

2 comentarios:

  1. La prudencia es una virtud escasa.
    Yo también la admiro. Quizás será por lo poco que abunda.

    En silencio frente al mar se está bien.
    He pasado mucho tiempo así.

    Besos y suerte.

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  2. Gracias Señor Toro, se que necesito suerte y un rayo de claridad..

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